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Acorralado por el desgaste militar y electoral, el mandatario estadounidense combina amenazas de devastación con frenos de última hora, mientras Teherán apuesta por aguantar el pulso.
El presidente Donald Trump ha vuelto a poner sobre la mesa su conocida baraja de presión extrema en medio de un conflicto con Irán que ya se extiende por cinco meses.
La fórmula se repite: arranca con advertencias lapidarias en las que amaga con ordenar a las fuerzas estadounidenses arrasar centrales clave o tomar el control de la industria petrolera iraní si Teherán no se dobla ante las condiciones de Washington. El cierre, por lo general, llega en el último minuto —a menudo impulsado por las gestiones de aliados en el Golfo— con un compás de espera para dar una nueva oportunidad a la diplomacia.
Esta estrategia de confrontación y caos, perfeccionada por Trump tanto en los negocios inmobiliarios en Nueva York como en su trayectoria política, choca ahora con una teocracia que confía en soportar el daño estratégico mejor que la Casa Blanca.
Mientras el mandatario presume los severos daños infligidos a la cúpula, la fuerza aérea y la armada de Irán, el régimen de Teherán calcula que el tiempo juega a su favor. Apuesta a que Washington sufrirá el desgaste por la escasez de municiones y el costo político de una guerra impopular de cara a las elecciones de mitad de mandato.
La tensión escaló de nuevo cuando Trump, rodeado por su gabinete, confesó estar perdiendo la paciencia con los diálogos y advirtió que el ejército estadounidense respondería con contundencia.
Poco después, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, alimentó la incertidumbre global al sentenciar que «Irán seguirá pagando hasta que se siente a la mesa de negociaciones de una manera que el presidente Trump considere significativa».